miércoles, 31 de mayo de 2017

El guerrero en el jardín


Un elevado porcentaje de las personas que no practican artes marciales y que apenas las conoce más allá de haber visto su uso en las películas cree que los kenpoístas -y, del mismo modo, los karatekas, los judokas, los aikidokas o cualesquiera otros alumnos de este camino de perfeccionamiento personal- aspiran únicamente a convertirse en "tipos duros" que "saben pegar" y que, en el fondo, lo que querrían sería hacer de policías paralelos "limpiando" los barrios conflictivos de su ciudad. En su imaginación, alimentada por su desconocimiento, son la vanidad y el narcisismo los únicos motores capaces de llevar a una persona a entrenar varios días a la semana durante años, dedicando tanto tiempo, tanto esfuerzo, tanto dinero y -cuando vienen las lesiones- tanta salud, sólo para poder decir al fin y al cabo: "Cuidado conmigo que soy peligroso"...

Nada más alejado de la realidad. Siendo cierto que algunos pueden iniciarse en el camino de las artes marciales con la fantasía de convertirse poco menos que en samurais y siendo igualmente cierto que la consecución de un cinturón alto puede suponer un momentáneo baño de legítimo orgullo y autoestima, no lo es menos que nadie llegará verdaderamente lejos en el camino del Kenpo si sólo avanza por él con la intención de encumbrar su importancia personal.

Al contrario, un arte marcial enseña muchas virtudes incompatibles con esta desorientación del alma. Cuando uno trabaja bien consigo mismo, lo hace también con valores como la humildad (cuando descubres que siempre, hagas lo que hagas, hay alguien que lo hace mejor que tú..., sin contar al maestro), la disciplina (que, entre otras cosas, te demuestra la importancia de ser lo más impecable posible), la responsabilidad (que te ayuda a pacificarte interiormente, pues sabes lo que podrías llegar a hacer si no te controlaras a ti mismo), el honor (con el que respetas a los demás y, sobre todo, a tu ser interior) o la camaradería (cuando aprendes a valorar el esfuerzo ajeno, tan valioso como el tuyo), entre otras muchas. 

Un kenpoísta bien formado y con los años suficientes de práctica sabe que, por muchos campeonatos en los que participe, por muchos adversarios que tenga sobre el tatami, por muchos rivales que deba afrontar en la calle, todos esos enemigos externos no serán sino meros reflejos de la única persona con la que debe combatir y con la que de hecho siempre lo hará hasta el final de sus días: contra sí mismo. En el fondo, lo que estamos aprendiendo con un arte marcial es a mejorar nuestro interior, aunque eso tenga su inevitable reflejo en el exterior. Los maestros más poderosos y con mayores conocimientos suelen ser precisamente los más tranquilos, los que evitan enfrentamientos y peleas e incluso se retiran sin inmutarse aunque les insulten o les llamen cobardes, porque saben lo suficiente sobre sí mismos y sobre quienes pretenden retarles sin ser dignos de ello como para concluir que podrían derrotarles con facilidad y contundencia... Y ya no necesitan demostrar nada a nadie.

- Pero entonces ¿para que entrenarse tanto? ¿Para que aprender tantos tipos de golpes, de derribos, de estrangulamientos..., si no queréis usarlos en el mundo real? -pregunta el neófito.

Hay un viejo cuento que explica eso. Aquél en el que un estudiante de artes marciales, confundido, le pregunta al maestro por qué al mismo tiempo que le está convirtiendo en un guerrero temible le habla constantemente de la conveniencia de ser pacífico y no enfrentarse con nadie. Y el maestro le contesta que es mejor ser un guerrero en un jardín que un jardinero en una guerra.

Un kenpoísta digno de su arte marcial no lo aprende para pegarse con los demás gratuitamente y nunca iniciará una pelea con otra persona. De hecho, es probable que fuera del dojo nunca llegue a utilizar las técnicas o sus habilidades de combate en un enfrentamiento real. Sin embargo, en el caso de que su vida o la de sus seres queridos se encontrara repentinamente amenazada, si de pronto se viera empujado sin desearlo ante una situación de violencia y peligro que no puede ser evitada ni solucionada con palabras, entonces es justo y obligado que utilice el Kenpo para defenderse, siempre de forma proporcionada a la amenaza.

Es como si te preguntaran para qué aprendes a nadar si vives en el campo y no piensas viajar nunca a la costa. El día que, por accidente o imprudencia, caigas al río, comprenderás su utilidad.